lunes, 16 de octubre de 2017

La maleta roja. III


LA MALETA ROJA  (tercera parte)

LA MASCOTA

Recorrió todo el pueblo, que evidentemente estaba vacío. Todo el personal se hallaba en pleno rescate de una pareja.  Pensó en la mujer que se sentó a su lado. No le disgustó su manera de hablar tan franca, pero no sabía exactamente si estaba dispuesto a vivir con alguna mujer a cambio de una casa. La convivencia a veces podría resultar incómoda. En una balanza imaginaria puso sus necesidades, y tener que soportar a una persona desconocida, que como él mismo necesitaba un lugar donde vivir, y un trabajo, no estaba demasiado seguro que pudiera salir completamente bien.

Decidió volver a la plaza. Tenía razón el alcalde cuando dijo que deberían conocerse un poco, y saber si en el próximo encuentro ya estaban dispuestos a aceptar una nueva vida.

Esta vez buscaría para el retorno, las callejuelas pequeñas, con casas a lado y lado. Casas que todas ellas necesitaban un remiendo. Decidió entrar en una de ellas, empujó una puerta de madera cuarteada, y el olor a humedad, casi le tumba de espaldas. No obstante, acabó de abrir el portón, y se encontró ante una chimenea donde antaño también servía de fogón. Aún quedaban los utensilios de hierro, en el que apoyar la olla, junto con  una cadena que colgaba del techo. En un rincón había espacio para colocar una mesa y sillas, y también algún aparador. Unos metros más allá, había dos habitaciones, cuyas ventanas daban a lo que posiblemente en su tiempo era un pequeño huerto. Más o menos era como la que había vivido él.

Empezaba a oscurecer y apenas veía allí dentro. Decidió ir en busca de la muchedumbre, y hablar con alguien más.

Casi se tropieza al ir a salir. Allí junto a la puerta había una persona. Por un momento se asustó. Pero enseguida reconoció la voz. Era Araceli.

.- ¿Eres Pedro?

.- En efecto ¿Hace mucho que estás aquí?

.- Acabo de llegar. He querido conocer el pueblo en el que voy a vivir. Por lo visto tú también has pensado lo mismo.

.- Más o menos. Iba a reunirme ahora con los demás. Haré caso de las palabras del alcalde, intentaré hablar con otras personas.

.- Yo lo hice, pero no he podido sacar nada en concreto. Es muy poco tiempo para tomar una decisión. De una cosa  estoy muy segura, y es que haré lo imposible para quedarme aquí. Tengo un motivo muy importante.

Juntos y en silencio repasaron la vivienda.

Habían salido de la destartalada casa  emprendiendo el camino hacia la plaza. Pedro se preguntaba si sería correcto hacer preguntas directas. Por un momento le pareció que ella con sus palabras le estaba animando a hacerlas. No obstante guardó silencio.

Ante su silencio fue Araceli quien continuó hablando.

-. Creí que me preguntarías mi motivo. ¿No te interesa saber cuál es?

.- Pues me parece que no es de mi incumbencia, pero sí que sería interesante para comprender por qué una mujer, sea cual sea su edad toma una decisión tan drástica. Seguro que motivos no te faltan. Y si te sirve para apaciguar un poco los ánimos, dímelo.

.- Con la condición que tú me hagas saber los tuyos.  Tengo un hijo de casi dos años, del que me han quitado su tutela, por no poder mantenerlo como corresponde a su edad.  Razón no les falta. He perdido mi trabajo. Sólo de vez en cuando consigo algo de dinero, pero no es suficiente para vivir, y mucho menos pagar un alquiler. Podré recupéralo en cuanto demuestre que tengo una casa. Este es mi principal motivo. Necesito aliarme con alguien para demostrar al tribunal de menores que puedo hacerme cargo de él, antes de que lo den a alguna familia de acogida, eso es lo que más temo. Sé de casos que suceden cosas verdaderamente tristes, niños encariñados con sus  padres adoptivos temporalmente,  y que llegado el momento los separan. No quiero que esto me suceda a mí.

Hubo un silencio. Realmente Pedro ni por un momento pensó en algo parecido. Habían llegado a la plaza, y antes de mezclarse con todos los demás, Araceli le apremió para que le contara cuál era su situación.

.- La mía creo que no es tan dolorosa como la tuya.

Le explicó en pocas palabras, cómo había ido dando tumbos por la vida desde que era un adolescente. Cómo llegó a los servicios sociales, Y de la manera más peregrina acudió esta mañana a la reunión del conjunto de hombres y mujeres que querían rehacer su vida al precio que fuera.

.- ¿Habías pensado en  alguien en concreto?

.- La verdad es que no.

.- Para los dos, nos puede resultar molesto o desagradable tener que buscar a alguien entre gente desconocida. ¿Crees en las casualidades?

.- Nunca lo he pensado. – Dijo Pedro como si hablara consigo mismo.

.-  Yo sí, parece como si de alguna manera el destino, hubiera jugado con nosotros. Hemos comido uno al lado de otro, y luego por casualidad, nos hemos encontrado en un lugar apartado de los demás. Ambos hemos tenido el mismo pensamiento. Por algún motivo esa casa nos ha llamado la atención.  ¿Te parece que podrías vivir a mi lado? No es una declaración de amor ni mucho menos. Es un pacto entre dos personas que se necesitan mutuamente, para salir de atolladero en el que se encuentran.

Pedro se quedó sin saber qué decirle. De repente, todo era nuevo. Esta mañana, no tenía ni idea de la situación del pueblo cuyo alcalde era un hombre capaz de hacer lo necesario, para despertar de nuevo a aquel  montón de casas la mayoría abandonadas.

.- Se puede probar. Si nos dan un lugar para vivir, y un trabajo podemos intentar la convivencia. Supongo que a ninguno de los dos nos importa demasiado la vida anterior del otro. Lo que cuenta en definitiva es poder subsistir.

.- Si nos ponemos de acuerdo, hoy mismo podríamos hablar con el alcalde. ¿O te parece demasiado precipitado? – Preguntó Araceli-

.- Sí que lo es. Pero a veces estas cosas hechas sin profundizar suelen dar buen resultado.

Una vez dichas las palabras pensó en que las estaba diciendo para convencerse a sí mismo.

En la plaza se habían formado varios corros de personas, no cabía duda que estaban ultimando el contacto. Todos sabían que en siete días volverían a verse  para dejar completamente solucionado el asunto. Pedro los miró y le pareció ver en sus caras una esperanza que antes no sentían. Él mismo estaba en estas condiciones.

No fueron los únicos que quisieron mantener una conversación con el alcalde.

Al salir del lugar Araceli y Pedro sabían que acababan  de comprometerse a vivir bajo el mismo techo durante un tiempo indefinido, a cambio de un trabajo y un sueldo no demasiado abundante. Pero tenían casa, y los gastos que conlleva un domicilio compartido, con el agua y  la luz pagada.  Los dos estaban de acuerdo en que la convivencia se basaría en una ayuda mutua para seguir adelante. En ningún momento mencionaron si entre ellos dos forzarían una relación más estrecha. Ella dejó muy claro que no buscaba un hombre en la cama, necesitaba desesperadamente alguien a quien presentar en los Servicios de acogida de menores, demostrando que no vivía sola, y que tendría unos ingresos fijos. Todo lo demás carecía de importancia.

La entrevista con el alcalde fue un éxito. Araceli salió de la casa Consistorial, con un certificado que avalaba que a partir de máximo dos semanas dispondría de una casa. En el acta el alcalde estampó el sello. Ella lo guardó doblado en su billetero, como lo que en realidad era: un tesoro indispensable para tener a su hijo.

La jornada tocaba a su fin, estaban alrededor del autocar que había trasladado a las mujeres, a punto de emprender el viaje de retorno, sabiendo que la mayoría de ellas volvería en una semana, trayéndose consigo aquellas pequeñas cosas que formaban parte de su vida anterior. Las despedidas suelen ser tristes, pero esta vez, no lo fueron. Las que no habían encontrado a su pareja, pensaban que el día había transcurrido amenamente. Las que ya habían llegado a una conclusión se iban llenas de esperanza, con la cabeza llena de pensamientos positivos. Eran valientes y lo sabían. Dejar   atrás para siempre todo aquello que las había atormentado era lo mejor que les podía suceder.

.- Pedro, en cuanto vuelva con el niño quiero que sepas, que trabajaré tan duro como tú mismo, en lo que haga falta. No me asustan las tareas por duras que éstas sean. Si puedo venderé alguna pertenecía para  no llegar con las manos completamente vacías.

.- Tranquila. Yo me quedo aquí, no tengo nada ni nadie que me retenga en ningún lugar. Me gustaría que nos adjudicaran la casa en la que hemos estado. Si lo consigo empezaré a trabajar en ella, para que cuando vuelvas por lo menos no esté en ruinas. Me siento como si hubiera firmado un contrato laboral, del que estoy convencido saldremos adelante.

.- A mí me sucede algo parecido. Creo que puede funcionar.

Pedro se quedó en pie junto al vehículo, y esperó a ver a Araceli aposentada en su asiento. Se dedicaron mutuamente una sonrisa.

Pedro volvió sobre sus pasos y analizó a los hombres que como él, se habían formado una idea de cómo podría ir su vida a partir de ahora. Todos hacían comentarios llenos de ilusión y de esperanzas.

Le llamó la atención  la variedad de edades que había entre ellos, y al recordar a las mujeres recién llegadas, imaginó que pudieron elegir.

Se sorprendió al comprobar que él, no sentía nada de todo aquello. Araceli le había dicho que todo lo estaba haciendo por su hijo. Era una buena causa desde luego. Él en cambio sólo buscaba un refugio, aunque tuviera que trabajar muchas horas al día. El trabajo no le importaba, en cambio ahora en la soledad compartida con aquellos hombres que le eran completamente desconocidos, pensaba que quizás podría pasar aquellos días en alguna de las casas que aún se mantenían en pie.

Se metió en el grupo para saber cuáles eran los planes que tenían en mente.

Todos buscaban una mujer para compartir sus días y sus noches, y por los comentarios que hacían, comprendió que las recién llegadas también ansiaban encontrar a un hombre con los mismos fines. Surgió otra vez la soledad como base de fondo.

Con Araceli no hablaron de cómo sería su vida de ahora en adelante. Sólo habían llegado a la conclusión que  necesitaban un hogar.  Ambos dejaron muy claro que aquello sería como un contrato comercial, los dos se aprovechaban de las circunstancias en su propio beneficio. Entre ellos quedaba por completo descartada una unión romántica o apasionada. Necesitaban un lugar donde vivir y aquel pueblo se lo estaba ofreciendo a cambio de ayudar a resucitarlo. Con un apretón de manos sellaron aquel contrato, puesto que los dos habían conseguido lo que necesitaban. Y con esta intención se despidieron.

La charla con los demás tertulianos del pueblo fue de provecho. Todos querían saber qué casa les asignarían, para poder empezar a trabajar en ella. En siete días sabían sobradamente que no conseguirían grandes cosas, pero todos estuvieron de acuerdo que por lo menos al día siguiente ya podrían hacer un cálculo del material que necesitarían.

El Alcalde estaba entre ellos, atendiendo a las preguntas que iban surgiendo.

Pedro se adelantó para hablar con aquel hombre que se mostraba muy satisfecho de sus logros. Le comentó que hacía escasos momentos había entrado en una de las casas abandonadas, que realmente necesitaba una reparación urgente del tejado. Si se la adjudicaban a él, podría empezar enseguida a trabajar en ella.

Se dio cuenta de que todos los hombres tenían los ojos fijos en su figura.  Se vio obligado a dar algún detalle.

.- La hemos descubierto con Araceli. Estamos dispuestos a empezar de nuevo.  Sería un buen comienzo poderlo hacer cuanto  antes mejor, de esta manera cuando vuelva dentro de unos días, será como si volviera al hogar.

Nadie de los presentes tuvo nada en contra.

Pudo observar que de todos, tan sólo había una pareja, ya entrada en años. No tuvo ninguna duda que ellos poseían una casa desde mucho tiempo atrás. Fueron ellos mismos los que comentaron que tenían tres hijos, que abandonaron el pueblo años atrás, y que sólo volvían para las vacaciones estivales.

El Alcalde miró su reloj.

.- Se nos está echando la noche encima. Deberíamos ir a descansar, y mañana temprano ya podremos ir en busca del material necesario para los arreglos.  A las siete espero a los que puedan venir, lo hagan, y traigan una lista de las cosas que crean necesarias. Confío que  en la localidad más cercana, el Estado ya habrá ingresado una cantidad de dinero para poder empezar con las obras.

.- Si no hay inconveniente, me quedaré a dormir en cualquiera de las casas. ¿Puedo ir a la que visitamos con mi pareja? – Preguntó Pedro-

A él mismo se le hizo rara la pregunta. Le parecía que no era él, quien hablaba.

El matrimonio mayor, se opuso radicalmente.

.-  No puede quedarse en este lugar. Debe estar lleno de porquería y sin ningún lugar decente para dormir.

Pedro se quedó por unos momentos sin saber qué decir. Razón no les faltaba, pero…

.- Nuestra casa es grande, no podemos permitir que tenga que pasar por esto – dijo la mujer- Antes vivíamos cinco personas. Hay sitio de sobras.

El alcalde le dio una palmada en el hombro

.- Acepte, son buena gente. Aquí todos deseamos lo mismo. Empezar de nuevo. Mañana a las siete, pasaré a recogerles e iremos en mi  coche, para hacer todas las gestiones. Lo primero sacar el dinero que ya está ingresado a una cuenta bancaria, con este efecto. Tendré que llevar muy bien anotados todos los gastos. El dinero deber de ser ampliamente especificado.

Pedro durmió en una de las camas que había en el piso superior de la casa del matrimonio que lo habían invitado. Parecían unas buenas personas, ansiosas de demostrar su agradecimiento por el mero hecho de querer vivir sin demasiadas comodidades, en aquel pueblecito  en plena montaña.

El día había sido agotador, ahora en el silencio de la casa se daba cuenta.

Y se hizo la gran pregunta. ¿Qué pasaría de ahora en adelante?

El matrimonio mayor le despertó, había dormido de un tirón toda la noche. El sol empezaba a despuntar.

El aroma del café le llenó los pulmones, y la cálida voz de la mujer le decía que comiera tranquilo.

.- No puedo pagarles todos lo que están haciendo por mí.

.- Si te quedas a vivir aquí, y parece que ya tienes planeado hacerlo, siempre tendrás un momento para ayudarnos en lo que haga falta. Ahora apresúrate porque el Alcalde os pasará a recoger a los que ayer firmasteis al acuerdo. Nos veremos a la vuelta, y nos explicarás qué es lo que piensas arreglar de la casa  abandonada.

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Habían pasado ya tres días. El primero fue totalmente perdido en lo que relacionado al trabajo en sí, de adecentar la vivienda. Pero por lo menos tenía a pie de puerta el material. Eso le dio un respiro.

El primer día todos los hombres disponibles se ayudaron mutuamente en arreglar los tejados de las viviendas que necesitaban  urgentemente hacerlo. Sabían que la lluvia era su peor enemiga, y aunque el cielo no presagiaba nada de eso, todos conocían las tormentas de verano. Aguaceros impresionantes en corto espacio de tiempo. Formaron un buen equipo, trabajaban en silencio, sin descanso.

Pedro se mantenía poco hablador, no quería que le hicieran preguntas. Se daba cuenta que no tenía respuestas, él ya se había preguntado un montón de cosas y todas quedaron en el aire.

En algún momento antes de dormir en la casa del matrimonio mayor, que acogió encantada a todo el equipo que trabajaba sin descanso ellos argumentaban que era un placer poder ayudar en lo que fuera, estaban encantados del rumbo que estaba tomando el pueblo, sabían que tardaría en volver a ser lo que fue años atrás, pero sentían la ilusión al ver cómo todos estaban contentos de poder empezar de nuevo. Era cuando estaba en aquella cama mullida y confortable, que le asaltaban todos los pensamientos, durante la jornada al aire libre acarreando tejas y demás material necesario, no tenía tiempo de pensar en nada. Después en aquella confortable cama, el sueño y el cansancio se apoderaban de él.

¿Cómo sería su vida de   ahora en adelante?

Descartaba los temores, en cuanto se veía a sí mismo en aquella plaza de la gran ciudad, rodeado de gente extraña, que ni se apercibía de su presencia, era como si fuera invisible Tampoco él, hacía nada para entablar conversación si alguien se sentaba cerca. Se animaba pensando que por difícil que fuera la convivencia con Araceli, siempre sería mejor que tener que dormir a la intemperie, y pasar el bochorno de ir a comer a los servicios sociales. Pensando en aquella plaza y su soledad, descartaba todos los temores.

Tener un lugar donde poder cobijarse, era lo único que de momento le importaba. Cuando llegara  ella,  ya hablarían sobre cómo enfocarían su vida. De momento lo único que importaba era que los dos habían cubierto  sus urgentes  necesidades. Con este pensamiento se dormía en aquella casa, donde fue acogido de una manera casi familiar. Esto nunca antes lo había vivido. En su casa de niño lo más frecuente eran las discusiones, después con sus parientes, nunca recibió ni palabras ni gestos de cariño. Si los hubiera tenido, estaba seguro que no hubiera buscado esa libertad, esas ansias de conocer algo mejor. Por eso se fue al país vecino en busca de trabajo y de dinero.

Se arrebujó en las sábanas y mentalmente dio las gracias al matrimonio que sin conocerlo lo había acogido como si fuera de la familia. Claro que él,  no era el único beneficiado.  En aquella casona grande, estaban durmiendo dos hombres más, que tampoco  tenían a donde ir. A  cambio, una vez finalizadas las horas laborales, se dedicaron a repasar las tejas, y cambiar las que no estaban en buen estado. En agradecimiento por las mañanas se encontraban con un desayuno y saboreaban todos los aromas penetrantes del café recién hecho.

Por primera vez en su vida se sentía acogido y querido. Y con esa ilusión empezaba la jornada laboral.

Las cuatro casas que se habitarían primero ya estaban con los tejados renovados, y a partir de aquí, cada uno se dedicaría a adecentar la que les serviría de hogar.

Pedro se plantó en medio de la entrada de la que sería su casa. Miró detenidamente lo que le rodeaba, para empezar a subsanar lo más necesitado.  No quería dedicarse a las dos habitaciones del fondo, pensó que eso lo tendría que hacer cuando Araceli estuviera presente. Pero sí que podía pintar de blanco el comedor y la cocina, de esta manera nada más entrar en la casa, ya parecería que todo estaba bien. Se aseguró que las ventanas estuvieran en condiciones de ser cerradas. Cambió un cristal roto, y aquella noche cuando se fue a dormir, pensó que todo empezaba a rodar bien “su” casa tenía mejor aspecto.

Las mujeres que abandonaron el pueblo días atrás, ya estaban a punto de llegar. Los hombres parecían nerviosos y por supuesto entre esperanzados y asustados. Tuvo que admitir que él también.

Como la otra vez el Alcalde volvió a demostrar su energía y ganas de complacer a las recién llegadas, porque se pusieron de nuevo las mesas alargadas en la plaza, para comer todos juntos.

Esta vez venían con sus equipajes.

 

Continúa.

viernes, 13 de octubre de 2017

La maleta roja


LA MALETA ROJA (segunda parte)

 EL REGRESO

Cuando subió al tren buscó un lugar donde quedara al abrigo de miradas indiscretas, tenía la sensación que era objeto de un minucioso examen por parte de los pocos viajeros que iban cómodamente sentados. La mayoría enfrascados en sus asuntos. Alguno con la cabeza apoyada en el cristal, con los ojos cerrados. Él se quedó muy cerca de la puerta obligando al can a sentarse junto a su maleta.

Tenía el pensamiento revuelto, lleno de imágenes vividas antes de su partida. En estos momentos le parecía que hacía un siglo que salió del lugar a donde se dirigía. Recordaba la fuerza interior que le obligó a salir de lo que llamaba rutina aburrida. Quería ser otro hombre. Quería despertar admiración a las personas que tuviera delante. Tener dinero suficiente para poder permitirse un capricho de vez en cuando.

Cabizbajo se dijo, que no consiguió nada de lo que había soñado durante años. Al quedarse sin familia fue cuando se decidió a dar aquel gran paso. Mal vendió la casa en la que había vivido con sus padres, y partió a un país extraño, donde los rumores decían que se podía ganar bien la vida, durante la recolección de la uva. Y fue cierto. Pero aquello duraba poco tiempo. Allí les daban incluso un lugar donde vivir.

Pero aquello no dejaba de ser una rutina, tanto o más pesada de aquella que había huido meses atrás. Con una diferencia en aquellos momentos no se sentía un inútil, un don nadie, era un hombre que trabajaba y podía incluso ahorrar algún dinero.

Allí conoció a mucha gente que como él mismo buscaba un respiro a sus aspiraciones. Aquel a quien confió algo de su vida se ofreció para ayudarle si iba a la gran ciudad pero todo se vino abajo.

No tuvo esa habitación que le ofreció en un principio, porque encontró a alguien en mejores condiciones económicas, y ante el dinero, nadie escapa a su brillo.

El único dinero que le quedaba era el justo para poder desplazarse, y pagarse algo de comida, por lo menos una vez al día, y aunque le costara un esfuerzo enorme, volver del lugar del que salió años atrás.

Hizo una pausa en sus recuerdos. Miró al perro que dormitaba a su lado. Le acarició la cabeza, y en correspondencia a aquel gesto, movió la cola enérgicamente.

Cuando llegó a su destino era mediodía, y un sol abrasador inundaba la estación. Fue el único pasajero que se bajó en aquel pequeño pueblo. Estaba completamente desierto. Pasó por delante de las taquillas y estaban cerradas. Entonces le vino a la memoria que aquella estación al no tener una gran afluencia de viajeros, sólo las abría una hora antes de  la partida del tren. Durante todo el día solamente salían dos trenes, uno por la mañana temprano y otro a media tarde. Igualmente las llegadas eran dos, la que había bajado él, y la otra ya anochecido.

Le llamó poderosamente la atención, el silencio reinante. Acababa de dejar el bullicio de la gran ciudad, y lo de ahora le parecía algo imposible. Salió a la calle y tuvo que ponerse la mano como visera, porque el sol le deslumbraba. Rogaba para que no apareciera nadie  y fuera reconocido. No le apetecía nada tener que dar explicaciones de su vuelta.

Llegó hasta donde había sido su hogar. Desde fuera la casa parecía no haber cambiado en nada, las mismas manchas de la pared, le hicieron recordar, que mientras fue su inquilino, dejaba para mejor momento darle una capa de cal blanca. Por lo visto a quien se la vendió años atrás,  seguía el mismo camino. Las ventanas tenían los postigos cerrados, cosa habitual, para impedir que el calor de la calle se colara dentro de la vivienda.

Caminó con paso lento y cansino hasta el local destinado a albergar a los ciudadanos en todas las reuniones importantes, donde se servía bebidas y café.

Con el corazón latiéndole desacompasadamente entró en el lugar sintiendo acto seguido, la frescura  y la oscuridad que reinaba allí dentro. Se vio reflejado en el gran espejo del fondo, y entre las botellas de licor puestas en orden en una estantería, pudo ver su imagen. Se había dejado barba, acuciado por las circunstancias, no podía permitirse el lujo de permanecer demasiado tiempo en los lavabos de los servicios sociales donde había pasado los últimos meses. Suspiró aliviado, puesto que estaba seguro nadie le reconocería. La figura que le miraba, pensó que no tenía nada que ver con su persona. El muchacho que le atendió, tampoco le era conocido, y este detalle le hizo sentir mucho mejor.

Pidió por favor que le pusieran en algún recipiente un poco de agua  para el perro, mientras preguntaba si podía quedarse en el local, con el animal. El chico, se encogió de hombros diciendo que como no había nadie más, podía tenerlo a su lado, pero que si entraba alguien en aquel momento y no le apetecía tener a un perro como compañero, debería tenerlo fuera.

Hubiera querido preguntarle muchas cosas, pero se abstuvo. Se bebió el café con leche, y partió en dos el bollo que había pedido, dándole al can su parte.

Salió del lugar, tras haber visitado los aseos. Los habían pintado recientemente, haciendo desaparecer todas las inscripciones y dibujos obscenos que había tiempo atrás. Él fue uno de los que contribuyó en su momento a embadurnar aquellas paredes.

Mientras volvía al calor sofocante de la calle, su pensamiento estaba metido de lleno en calcular cuánto tiempo le duraría el escaso dinero que poseía. Apenas nada, el viaje en tren había disminuido bastante su poder adquisitivo.

Nada había cambiado en el lugar.

Sin darse cuenta sus pasos le llevaron otra vez  hasta su antigua casa, tenía la esperanza de encontrar a alguien, para pedir trabajo, cuando la vendió, ahora le parecía que hacía un siglo pudo sacar más dinero del previsto, porque en la parte trasera tenía unos metros de tierra para poder cultivar lo indispensable para comer. De niño en su casa nunca faltaron los frutos del huerto, su padre lo trabajaba, pero de eso casi ni lo recordaba, su padre murió siendo él un niño, y su madre y él mismo trabajaban sin descanso para subsistir. Guardaba de aquellos años una tristeza enorme.

La misma tristeza que ahora le invadía. Se preguntaba dónde estarían los vecinos, alguno quedaría de sus tiempos adolescentes, pero el pueblo parecía un lugar abandonado.

El ruido de la puerta de la que había sido su casa, le obligó a mirar sin disimulo hacia allí.

Salió una mujer que llevaba un pañuelo en la cabeza, al estilo árabe, en la gran ciudad también las veía circular, y allí no le llamaba la atención, pero aquí sí que lo hizo. Cuando vendió su propiedad, desde luego no fue  a personas  de otra cultura. La siguió con la mirada, pero se mantuvo a una distancia prudencial. Estaba indeciso, su idea en un principio era la de pedir alojamiento a cambio de trabajar el huerto, pero no contaba con tropezarse con una mujer con una manera tan diferente de enfocar la vida. Había escuchado muchas historias cuando estuvo en la barema, y también algún comentario de las personas que como él iban a los comedores sociales. Los comentarios casi nunca eran a su favor.

Se acordó de lo reticente que había estado para ir a parar a aquel lugar, pero ahora se alegraba de ello, puesto que consiguió alimentarse, sin gastar apenas nada. De esta manera aún poseía algo de dinero.

Recorrió el pueblo sin encontrar a nadie que pudiera reconocerlo. Necesitaba pensar en la manera de abastecerse  de comida y dónde pasar la noche. 

Se fue directo hasta los campos de árboles frutales situados a un kilómetro escaso del núcleo urbano.

Buscó una sombra, y apoyado en un tronco dejó vagar el pensamiento. Oía el murmullo del pequeño riachuelo, que no siempre levaba agua, que ahora discurriera tranquilamente, le llevó a la conclusión que había llovido recientemente.

El perro, olisqueaba todo lo que tenía a su alcance, cuando le vio sentado en el suelo, se dispuso a descansar a su lado. Se pasó la mano por la tupida barba. Después alzó la mirada y se fijó en los frutos que tenía a su alcance. Por lo menos no se quedaría en ayunas.

Se quitó la chaqueta la dobló y la puso sobre la maleta a modo de almohada. Necesitaba tener la menta bien despejada, para poder planificar su vida de ahora en adelante.

Al estar en contacto tan directo con la naturaleza, le hizo recordar los días pasados en la recolección de uvas. –de esto todavía no había transcurrido ni un año desde que lo dejara-  El dueño de la plantación en la que había trabajado durante tres temporadas, les dijo a la mayoría de los jornaleros, que  deberían buscarse otra manera de ganarse la vida, argumentando que habían llegado unas máquinas especiales, que cambiaba por completo la manera de recolectar las vides. El capataz se quedó con un número exiguo de personal. Y aquí empezó el declive de su vida.

Mientras estuvo en aquel lugar, tenía dinero y alojamiento. Ciertamente que el trabajo era muy duro, pero tenía sus compensaciones. Era joven y corpulento y no se le daba nada mal las relaciones con las mujeres. No buscaba nada serio, por lo que se limitaba a saciar sus necesidades. Ni se había planteado nunca buscarse una novia.  Reconoció que tampoco era demasiado fogoso, ya que no tenía la urgencia de muchos de los hombres que estaban allí, y que hacían muchos viajes a la ciudad en busca del placer carnal.

Llegó a la conclusión, que si no encontraba trabajo allí, no le quedaría más remedio que ir al pueblo más cercando en su busca. Pero lo que peor se presentaba era sin dudarlo la casi desertización del pueblo. Seguro que la mayoría habían hecho lo mismo que tuvo que hacer él. Buscarse la vida en otro lugar. Parecía un pueblo fantasma.

Cuando se quedó huérfano, pasó unos días con unos parientes lejanos a los que casi ni conocía, se dio cuenta enseguida, que era una carga para ellos. Ese fue el motivo por lo que salió de allí repleto de esperanzas y buenos deseos. Cuando  les dijo que quería probar fortuna en otro lugar,  sus parientes, no le pusieron ningún inconveniente.  Sólo le recomendaron que vendiera la casa donde había vivido, para no tener que ir por el mundo sin un poco de dinero. Le acompañaron y fueron ellos mismos los que hicieron todos los tratos. Ya era mayor de edad, y pudo firmar los documentos de la venta. Siempre tuvo la sensación, que respiraron aliviaos, el día que lo acompañaron hasta la estación.

¿Cuántos años habían transcurrido?

Quizás fueran diez. Y en  este tiempo se había convertido en un ser introvertido. No le gustaba nada formar parte de  los grupos que todas las noches se reunían, fuera donde fuera. Había estado en varias plantaciones y en todas, las maneras de proceder eran las mismas. Era consciente que no supo hacer grandes amigos por su carácter taciturno, y cuando por fin se decidió a abrir su alma a un compañero al que conocía desde tiempo atrás, confió demasiado en él, se creyó a pies juntillas todo lo que le explicaba de vivir en una gran ciudad, en la que le decía  que tenía un pequeño piso, ofreciéndole una habitación. Sus charlas sobre esta cuestión, le daban alas a su poca imaginación, y llegó a creer de verdad que su lugar estaba en el sitio que tan bien le describía su compañero – ahora ya sabía que no podía nombrarlo como amigo-  Demasiado tarde se dio cuenta de aquel fracaso.

Los meses que pasaron desde que dejó la pequeña vivienda, fueron en verdad los más amargos de su vida. Todo acabó cuando su supuesto amigo conoció a una mujer y la llevó al pequeño domicilio. Allí estaba de más, simplemente sobraba, se cumplió el refrán de que do son compañía y tres son multitud. Tan sólo le dio dos semanas para buscarse donde dormir. Casi se le estaba agotando el dinero que había conseguido ahorrar durante los años de trabajo. Se hizo el firme propósito de dejar apartado  lo imprescindible, para poder subirse a un tren y marcharse de aquella gran ciudad, llena de gente que parecía ignorar todo lo que no fueran ellos mismos.

Una de tantas decepciones que la vida le iba proporcionando.

Y ahora sentado bajo la frondosa copa de un árbol, su pensamiento rebuscaba con premura, lo que tenía que hacer.

En un arranque de buen humor pensó que debía ponerle un nombre a aquel perro, que como él mismo estaba abandonado a su suerte. Cada vez que compartían lo poco que comía, le decía “Toma”. Y pensó que era un buen nombre.

Dijo Toma en voz alta, y el can saltó sobre sus rodillas en busca de algo que comer, pero esta vez no tenía nada. Miró hacia arriba y el frutal tenía unas manzanas que parecían estar en su punto. Se levantó perezosamente, y cogió una, la restregó en su camisa, y mordiéndola le ofreció un trozo al perro.

Con este gesto se sintió seguro. En muchos meses por primera vez comprendió que estaba en el buen camino. Su vida empezaba de nuevo. Se armaría de valor y buscaría trabajo, en el campo siempre había cosas para hacer. Desbrozar de malas hierbas, recoger frutos. Lo difícil sería encontrar un lugar donde pasar las noches.

Volvería a su antigua casa, poniéndose en contacto con la gente que ahora vivía allí. Si no lo habían derruido, en el fondo del huerto había un pequeño lugar de madera, donde se guardaban los aperos de labranza, lo recordaba de cuando era niño.

Pero ahora no podía hacerlo, se sentía demasiado cansado, demasiado inseguro. Teniendo solucionado de momento la comida, esta noche la pasaría al raso. Seguro que mañana estaría mucho mejor, se daría un tiempo para asimilar su nueva condición de vagabundo, porque desgraciadamente, comprendía que era eso. Era un sin techo.

Llegar a esta conclusión no le daba precisamente buenas vibraciones. Si nunca se hubiera marchado ¿qué hubiera sido de su vida? Era inútil pensar en esto. Quizás más adelante lo podría hacer sin sentirse como un estúpido, pero ahora le era imposible.

Buscó en el árbol las manzanas más maduras, eso sería su cena. Pensándolo mejor en lugar de dos arrancó el doble, no le importaba repetir el menú para mañana desayunar. Esta noche la pasaría allí, se encogió de hombros, no le disgustaba en absoluto dormir bajo las estrellas, mañana temprano recorrería el pueblo antes de que los habitantes merodearan por las calles, ya había pensado cómo se presentaría en su antigua vivienda, pero esta noche lo planificaría mejor, con todo detalle.  Le dio a Toma una porción del fruto recogido, y después ambos bebieron un poco de agua del riachuelo. Se dijo que en realidad no le importaba pasar las próximas horas en la soledad de aquel campo de frutales. Buscó una posición cómoda, y al cabo de poco rato tenía a Toma, con el hocico encima de sus piernas. Le acarició la cabeza mientras pensaba en si era buena idea ir en busca de un lugar donde cobijarse, llevando a un perro como acompañante.

Seguro que mañana por la mañana lo vería mucho mejor que hoy.

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Había dormido mejor de lo que esperaba. Se desperezó sin prisas, se alisó la ropa y se puso en camino hacía el bar donde el día anterior se tomara algo caliente.

Allí tantearía la situación a seguir. Necesitaba información y seguro que aquel muchacho joven, se la podría dar. Por supuesto que no le diría que años atrás había pertenecido al lugar. Pensó con añoranza en su casa, que vendió siguiendo los consejos de sus parientes.

Volvió a pedir lo mismo que ayer. Partió en dos el bollo, y se lo dio a Toma, que se relamió de gusto. En el centro de la plazoleta había una fuente, y se llevó al perro para que pudiera beber a su gusto. Miró a su alrededor, para asegurarse de que nadie lo estaba vigilando. Parecía un pueblo desértico, Volvió a entrar en el bar, para entablar una conversación con el muchacho.

Al hacerle las preguntas, decidió darle un marcado acento francés, cosa muy fácil, después de haber pasado años en el país vecino.

Se enteró que en los últimos tiempos, el pueblo se había quedado casi vacío. La gente joven –Tal como hiciera él mismo- se había ido en busca de mejoras laborales. Sólo quedaron unos pocos viejos que o bien se fueron muriendo  o sus hijos al cabo del tiempo los vinieron a buscar para llevarlos con ellos. El Ayuntamiento hizo un llamamiento, ofreciendo a matrimonios jóvenes  un lugar donde vivir a cambio de trabajar en el campo, y sobre todo, la demanda era especial para incluir niños, poder volver a abrir la escuela, y dar vida al lugar que en cuestión de años se había convertido en un pueblo fantasma.

Escuchaba atentamente la historia.

No se le había ocurrido ir al Ayuntamiento en busca de información. Ahora tomó la decisión de ir en busca de todo lo que necesitaba.

Dio las gracias al muchacho sin hacer ningún comentario ni a favor ni en contra. Al fin y al cabo aún no sabía cómo le iría la gestión.

Cuando llegó al ayuntamiento se encontró con la desagradable sorpresa de encontrarlo vacío. Un letrero escrito a mano decía que el recinto estaría abierto los hueves y los sábados de diez a trece.

No tenía ni idea del día en que vivía como tampoco sabía la hora, por las sombras que se reproducían en el suelo calculó que no era mediodía.

Miró a Toma como si buscara en el perro alguna respuesta, que evidentemente no halló.

Volvió al bar y directamente le preguntó al muchacho cuándo abrirían al público el Ayuntamiento. Éste se dio la vuelta para mirar en un calendario que estaba colgado justo detrás de él. Le pareció que aquel dependiente por primera vez lo miraba y se interesaba por su persona.

Le dijo que mañana a primero hora estaría el alguacil y alguno de sus compañeros. Allí el trabajo no era excesivo, con los dos días semanales,  tenían de sobra para las gestiones que se tramitaban. Si era urgente lo que necesitaba podía desplazare hasta el pueblo más cercano, porque hoy estaban allí, para ayudar a quien lo necesitara. Le dijo que en pocos minutos llegaría el autobús de línea, que hacía el recorrido, tres veces a la semana.

Pensó enseguida en que tendría que pagar el billete, y eso no le gustó nada, pero por otra parte tampoco le apetecía estar deambulando por el pueblo desértico con aquel calor insoportable. Sí, de momento podía desprenderse de algo de dinero. Se saltaría la comida. Recordaba más o menos cómo era aquel pueblo cercano, cuando vivía allí, había ido más de una vez, incluso andando. En realidad eran casi calcados el uno del otro. Se preguntó si estaría tan solitario como el suyo.  Se le encogió el corazón al pensar en la soledad que allí reinaba. Cogió el perro en brazos, y preguntó al conductor se podía llevarlo. El hombre le contestó de manera vaga, si el animal no molestaba, podría, pero si algún pasajero se quejaba tendría que abandonar el trasporte. Miró el fondo del vehículo y sólo había un matrimonio mayor sentados al final, para poder dejar todas las bolsas que llevaban, era muy evidente que venían de hacer una compra importante de productos comestibles.

El trayecto duró apenas quince minutos.

Al bajar quedó sorprendido de la diferencia enorme que existía entre los dos pueblos. La plaza donde tenía la parada el autobús era casi idéntica que la que había dejado atrás, pero el bullicio reinante no tenía nada que ver. Recordó dónde estaba la casa Consistorial, y se dirigió hacia allí, en busca de información.

Un letrero puesto en un lugar visible le dejó perplejo.

Hoy tenían una reunión todos los hombres que anteriormente se hubieran inscrito. Se trataba de buscar una pareja, para poder acceder al censo de la población,  y de esta manera perpetuar la ciudadanía del lugar.

Este pueblo como muchos otros se había quedado sin gente joven. Ahora todo dependía de volver a iniciar la convivencia.

El hombre que le estaba atendiendo dio por sentado que él, era otro de los candidatos, le preguntó su nombre, y sin más preguntas le dijo que si de las mujeres que no tardarían demasiado en llegar, se ponía de acuerdo con alguna, para formar una familia, tendría muchas oportunidades para que los inscribieran, y entonces sin demasiada demora les adjudicarían una vivienda.

No supo qué responder.

Acababa de inscribirse para una unión relámpago con una mujer que por lo que suponía también se hallaba como el mismo en apuros, y que pensó buscaba un techo en el que cobijarse.

De golpe lo entendió todo.

El vacío  de su pueblo natal. Todos se habían volcado en aquella iniciativa del pueblo cercano en el que daban prioridad a las parejas para ofrecerles casa y un trabajo, que les ayudara a subsistir.

Pensó que aquella circunstancia le sería de mucha ayuda. Nadie le haría demasiadas preguntas del motivo por el que se había inscrito en el último momento.

En un rincón de la plaza se había colocado unas mesas y unas sillas, donde algunos hombres hablaban animadamente. Otros como él mismo estaban taciturnos y miraban a su alrededor como si estuvieran asustados.

Se preguntó cuál era su estado de ánimo.

No supo que respuesta dar. Sólo sabía que aquello le podría proporcionar una manera digna de vivir, tener un techo que le mantuviera alejado de los fuertes calores, y del frío invierno. A cambio de esto, debería buscar una mujer con la que compartirlo.

Oyó diversos comentarios.

La idea la había tenido el alcalde del pueblo, porque en otros lugares, esta experiencia, ya la habían hecho, pero al revés, se habían desplazado los hombres en busca de mujeres. Y la mayoría comentaban que había dado un buen resultado.

La novedad de ahora sería que las mujeres tenían que encontrar a su pareja. Y enseguida se hizo la pregunta más lógica. Cómo serían aquellas personas que se atrevían a ir en busca de un hombre, para poder subsistir.

¿Estaba él, dispuesto, a renunciar a su libertad a cambio de alojamiento y trabajo?

Se pasó la mano por la tupida barba. Todo dependía del tipo de féminas que llegaran. Seguro que la mayoría serían mayores.  –viudas probablemente, que al faltarles el marido, se veían incapaces de llevar a cabo todas las tareas. O quizás les era insoportable vivir en soledad perpetua por no haber encontrado en su momento a un hombre que estuviera a su lado.

Sí, la soledad no era buena consejera, de eso él, podría dar lecciones.

Dejó apartados los pensamientos, ya que el ruido del autocar que acaba de llegar, hizo que todos sin excepción dejaran de hablar para centrarse en las mujeres que empezarían a bajar de allí.

Hubo un silencio, que se rompió en un aplauso unánime, en cuanto empezaron a bajar las recién llegadas.

Iban todas aceptablemente vestidas. Desde luego no para desfilar ante una alfombra como modelos, pero se las veía limpias y aseadas. 

Con la primera mirada pudo comprobar que las edades eran muy dispares. En contra de lo que esperaba algunas de ellas estaban en esas edades en las que no puedes preguntarle a una mujer por sus años, era mejor la incertidumbre. Le llamó la atención que no mostraran ningún tipo de timidez. Si en algún momento la sintieron, ahora la habían dejado atrás, para mostrarles a sus futuros pretendientes la mejor sonrisa.

No podía centrarse en nada. El olor de la comida que emanaba del bar, le llenó los sentidos. Y un gran placer le invadió al pensar que hoy, por el mero hecho  de haberse inscrito, comería caliente, cosa que no hacía desde que dejó los comedores sociales de la gran ciudad.

Se dio cuenta que había perdido de vista a Toma. Pero ahora mismo era lo que menos le preocupaba. Estaba aturdido pensando en la comida, y en que debería intentar buscar un acercamiento con alguna de aquellas mujeres, que de alguna manera estaban buscando una pareja. Cada cual tendría sus motivos.

El alcalde hizo un pequeño discurso, y acabó diciendo que ahora lo más importante era mostrarse abierto y buscar conversación con más de una mujer, para poder calibrar mejor por quien decidirse. El alcalde elogió a aquellas mujeres, que tenían la valentía de afrontar posiblemente una situación delicada. Les dijo que eran como esas heroínas que sabían buscarse un nuevo camino en sus vidas. No todo el mundo sabía renunciar a un pasado, para centrarse en un futuro mejor.

Todo acabó entre aplausos, y acto seguido se sirvió la comida.

Empezaron a sentarse ante aquellos largos tablones apoyados en caballetes, y recubiertos con un blanco papel a modo de mantelería. Enseguida pensó que le recordaba mucho a los comedores sociales. Pero para su deleite la comida aquí tenía mejor aspecto y olía estupendamente.

Intencionadamente buscó un lugar para sentarse, al final de una de las mesas, porque sabía que de esta manera sólo debería hablar con una persona, además pensó que siendo zurdo, no molestaba a nadie al comer. Esto ya lo aprendió cuando iba a la escuela, y sus compañeros se quejaban del poco espacio que existía entre su brazo izquierdo con el del chico  que tenía a su lado.

Parecían tener en general grandes cosas para explicar. Pero él, cuando tuvo delante su plato lleno, se dedicó a dar buen recaudo. Delante se sentaron un hombre y una mujer de mediana edad, que enseguida se pusieron a hablar. Luego pensó que por lo menos tenía que mirar a la persona que tenía a su derecha, y presentarse.

. Hola me llamo Pedro.

La mujer que tenía a su lado le sonrió  abiertamente y le dejó sorprendido con la pregunta que le hizo.

.  Yo  soy Araceli, pero más que tu nombre me gustaría saber por qué te has inscrito en esta lista de hombres en busca de pareja.

Se la quedó mirando, perplejo por su desparpajo. Pero comprendió que era una pregunta muy lógica.

.-  En realidad ha sido por casualidad, no sabía de la existencia de esta reunión hasta hace un par de horas. He venido en busca de trabajo, y me han tomado por uno de los hombres que han llegado hasta aquí, buscando la manera de enfocar una nueva vida. ¿Y tú?

Pensó que si ella había tenido la valentía de preguntar sin tapujos, él también podía hacerlo,

Por primera vez se miraron a los ojos, él, dejó de fijar su vista en el suculento plato que tenía ante sí,  para examinarla abiertamente.

No podría decir su edad, pero calculó que no era muy mayor. Iba vestida con unos tejanos, y un jersey llevando anudada en la cintura, una chaqueta de punto, con las mangas colgando por delante.

. Yo también necesito trabajo, pero sobre todo una casa donde poder vivir. Estoy cansada de deambular sin rumbo fijo. Dejé mi casa tiempo atrás porque quería encontrar algo distinto a lo que tenía. Precisaba sensaciones nuevas.

. ¿Las encontraste?

.- De alguna manera sí.

.- Deduzco que no era lo que esperabas.

.- No, ni mucho menos.

. Ahora también te puede salir mal. De entrada veo un poco descabellada la idea de unirse a alguien para tener una casa donde vivir. Yo todavía no estoy demasiado seguro de si me atrae la idea, pero realmente necesito todo lo que ofrece este pueblo. Un hogar, un trabajo, y ese dinero que nos adelantan para que podamos empezar sin demasiados contratiempos, difícilmente se encontrarían en otro lugar.

. Desde luego es arriesgado, pero yo estoy dispuesta a todo lo que haga falta, para conseguir una pareja, una casa y un poco de estabilidad económica. Me he sentado a tu lado, porque de todos los hombres que he visto por aquí, me has parecido el más idóneo. Pareces un poco perdido como yo misma.

La escuchaba hablar sin perder ni una palabra. Había terminado la comida de su plato, Se sentía bien después de saborear la comida. Pensando que sería una delicia poder disfrutar a diario de cosas parecidas.

.- Creo que nuestra conversación ha sido muy interesante. Pero me parece necesario conocer a más personas. Quién sabe si los dos encontraremos a alguien más apropiado. Por mi parte – dijo Pedro- como no tenía nada en perspectiva, tampoco me puedo hacer a la idea de nada.  Pero insisto en que deberíamos conocer a más personas. ¿Estás de acuerdo?

.- Sí, por supuesto que sí.

La plaza había quedado por completo en la sombra, y cuando se terminó de comer, entre todos desmontaron las mesas, apilando en un rincón todas las sillas plegables, y se anunció con gran pompa que ya pasado el calor del mediodía, se iniciaría el baile, para que se pudieran conocer mejor todos los participantes. Otra vez los aplausos llenaron la plaza. Y cuando la música sonó, la mayoría se dispusieron a bailar.

Se levantó y cogiendo su maleta decidió inspeccionar al pueblo.

El bullicio de la fiesta quedaba amortiguado a medida que se perdía por las calles estrechas y la mayoría sin asfaltar. Comprobó que solo estaban asfaltadas la calle principal y  la plaza de dónde provenía. El pueblo se veía muy abandonado, la mayoría de las viviendas, necesitaban urgentemente una reparación, sobre todo en los tejados. Sabía por experiencia que, las casas en cuanto las tejas empezaban a caerse, todo lo demás no tenía demasiado tiempo de vida. No en vano cuando estuvo trabajando en las baremas, muchas veces antes de iniciar la recolección, el propietario les obligaba a reparar aquella parte del lugar destinado a dormir y a asearse.

 

Continúa.

miércoles, 11 de octubre de 2017

La maleta roja


LA MALETA ROJA.

INTRODUCCION.

Primera parte

Salía a la misma hora. El recorrido era siempre el mismo, no muy lejos del lugar donde había pasado la noche, existía una plazoleta no demasiado grande, con muchas sillas ancladas en el suelo, dispuestas de manera que aunque fueran varias personas, podían estar agrupadas, o si lo preferían buscaban las que sólo habían dos lugares para sentarse, y si tenía la precaución de dejar la bolsa de mano que llevaba, sabía por experiencia que nadie invadiría su intimidad.

A aquellas horas tempranas, se cruzaba con muchas personas que estaban paseando sus mascotas. Los miraba con disimulo, para asegurarse que dejaban limpio el lugar. Aunque existía un sitio vallado para perros, se dio cuenta que la mayoría de las personas no entraban allí, preferían caminar libremente por la plaza.

Miró de reojo su maleta roja que había depositado en el suelo, la tenía muy cerca, con la intención de que si algún desaprensivo quisiera robársela, él, siempre podría intentar evitarlo, al precio que fuera.

Le entraba un sudor frío sólo de imaginar, que le podían sustraer aquel pedazo de su vida. Porque ya había llegado a la conclusión, que aquella maleta roja contenía todas sus pertenencias. No eran gran cosa, pero era lo único que le quedaba.

Una vez tuvo una familia. Ahora sólo tenía aquella maleta donde guardaba celosamente sus cosas. Se la quedó mirando como si su mirada fuera un potente rayo láser que pudiera atravesar  y pudiera ver lo  que tenía allí dentro.

Cada noche lo repasaba antes de dormir. Y después tenía una pequeña cadena, que se aseguraba que le quedara bien cogida a su muñeca, ni demasiado larga ni demasiado corta lo justo para poder moverse con cierta comodidad.

En aquella gran sala,  donde pasaba la noche, nadie se preocupaba de nadie. Sólo estaban pendientes de no perder lo único que poseían.

Aquel era el peor momento del día. Verse en un lugar de acogida para personas que como él, lo habían perdido todo.

Primero fue el trabajo. Luego…no podía decir que a su familia, porque nunca la tuvo. Había estado en contacto  con varias mujeres, pero su relación siempre duró muy poco. De sus padres tenía un vago recuerdo. Peleas, gritos, insultos y finalmente una separación. No se sentía unido a ellos, al contrario el único recuerdo que le dejaron fue sentirse abandonado a su suerte desde muy joven.

Con las mujeres fueron unos contactos carnales que nada tenían que ver ni con una familia, ni con una estimación. Salió de su pueblo natal, con la esperanza de formar algo parecido a un grupo familiar, creía que en cuanto encontrara trabajo, todas las cosas le saldrían redondas, pero no sucedió nada de esto.

De repente se encontró en una gran ciudad completamente desconocida, que no lo acogía con  cariño, al contrario le mostraba su lado más hostil. La gente corría de un lado a otro sin prestar atención a nada que no fueran ellos mismos. El amigo que le sugirió el traslado en busca de un trabajo digno, no le pudo conseguir el  puesto laboral prometido.

Con esta circunstancia no contaban. Tenían plena confianza en que en alguna empresa lo contratarían, pero no era un hombre de grandes estudios, lo más básico era su carta de presentación, y debido a ello, no lo acogieron en aquella fábrica, donde se suponía serviría como jornalero para acarrear arriba y abajo las mercancías. Le aseguraron que si había alguna vacante, se lo haría saber.

Y ahora estaba pagando las consecuencias. El amigo, no resultó serlo, se desentendió amablemente, pero lo dejó en la estacada, aduciendo que las cosas en pocos meses habían cambiado considerablemente, los trabajos escaseaban, y no podía ofrecerle ni una triste habitación para dormir, que era lo que él, cándidamente había supuesto que sucedería.

Ambos se conocían de tiempo atrás, porque coincidieron en la recolecta de uva, en una plantación. Allí hablaron de esa gran ciudad, donde esperaban aposentarse y vivir cómodamente.

Volvió a mirar su maleta roja. Allí estaban todas sus posesiones. Llevaba encima la documentación, y en la maleta con ruedas, la escasa ropa que tenía.

Ciertamente en aquellos momentos se sentía hundido. Sólo atinaba a sentarse en aquella plaza, que al principio del día estaba completamente vacía. Meses atrás se sentaba en una de las sillas, y se alzaba el cuello del anorak, porque hacía frío,  ahora al cabo de dos meses, el clima había cambiado bastante, por las mañanas aún se dejaba sentir una temperatura baja, pero en cuanto el sol empezaba a bañar los edificios, se iba caldeando. Como no tenía nada mejor que hacer, se dedicaba a observar las sombras de los árboles que se reflejaban alargadas, y que a medida que pasaban las horas, los tonos oscuros iban variando de forma y de tamaño. No le hacía falta mirar el reloj para saber la hora. Aunque hubiera querido, no lo hubiera podido hacer, ya que fue de lo primero que se desprendió. Con el escaso dinero que le dieron por él, pudo desayunar unos días, sin tener que recurrir al que llevaba bien escondido. Era poca cosa, pero lo suficiente para no perder por completo la dignidad.

Un día siguió a un hombre, que como él, parecía andar solo por aquella enmarañada urbe, llevaba consigo una bicicleta, a la que había añadido un carrito de cuatro ruedas, adornándolo con una banderita de tela azul, que ondeaba inquieta al viento  mientras él, pedaleaba. Le indicó que cerca de la plaza había unos comedores para gente sin techo, donde les daban algo caliente para desayunar, y luego pasadas unas horas, les ofrecían una comida. Y los que se prestaban a ello, tenían durante un cierto tiempo un lugar para dormir.

Aunque se sentía incómodo, tuvo que aceptarlo. Después de pasar  dos noches a la intemperie  que  lo dejó completamente hundido, decidió aceptar el lugar para dormir.

Se sentía completamente defraudado, lo que estaba viviendo no tenía nada que ver con lo que esperaba que sucediera. Maldijo el momento en que depositó su confianza en el amigo, que le había ofrecido un plan de vida más o menos digno.

Debido a esta gran decepción, ahora se había encerrado en sí mismo, y dejaba que las horas pasaran lánguidamente. Ni tan sólo se dedicaba a mirar a los transeúntes que circulaban por la plaza, todos le parecían tan deshonestos como lo había sido su mal etiquetado amigo.

La única solución que le quedaba era volver a sus orígenes. Pero no tenía el valor de volver y enfrentarse a quienes lo conocían. Imaginaba que todos le mirarían con sorna.

Se dio cuenta que nunca había gozado de grandes amistades. Quizás éste fuera uno de los motivos por los que en su momento huyó de su pequeño pueblo, alardeando que iba en busca de una mejor vida, y sobre todo daba por seguro que se ganaría bien el sustento.  Por lo menos eso fue lo que ocurrió en el campo  de vides donde trabajó de sol a sol durante unos meses. Gracias a esto no estaba en la completa miseria, pero no tenía suficiente, para poder pagarse una pensión, por humilde que fuera. El dinero lo llevaba encima y muy escondido, por el miedo a que le robaran, incluso cuando iba a pernoctar, lo llevaba dentro de la ropa interior.

Se decía a sí mismo que eso no era vida. Pero no sabía cómo salirse del hoyo que él mismo había cavado.

Nunca tenía que haber salido de su pequeño pueblo natal, pero entonces le parecía de lo más aburrido, y la perspectiva de ir como bracero a la recolección de uvas en el país vecino, aunque desconociera su lengua le parecía atractivo.  De esta manera deló pasar unos años de su juventud.

Ahora sentado en la silla de la plaza de la gran ciudad repasaba minuciosamente lo que habían sido los últimos meses de  su vida. Se dejó engatusar por su amigo – ahora comprendía que no merecía este nombre – pues un amigo aunque su vida también fuera precaria, no te deja abandonado a tu suerte. Hubiera dormido en el suelo, pero bajo un techo, sin necesidad de acudir a los servicios sociales. El, también tenía su dignidad, y verse en aquel lugar, donde todos estaban igual o peor que él  mismo, le produjo una sensación de amargura que no sabía cómo describir.

Ya no tenía remedio, lo hecho, hecho estaba. No había marcha atrás.

Suspiró mientras veía pasar por delante a un perro, probablemente sin dueño, iba husmeando en busca de comida. Lo vio cómo se paraba ante la fuente, tuvo muy claro que quería beber agua, pero no tenía la posibilidad de abrir el grifo. Sintió pena por el animal. Se levantó y empujó hacia dentro el émbolo metálico,  hasta conseguir que manara agua. El animal bebió ansioso.  Luego  le miró agradecido.

Si hubiera tenido algo de comida, no hubiera dudado en dársela. Recordó cuando era niño, que allí donde vivía, a los perros no se les trataba con tanta consideración como en la gran ciudad, allí dormían en el granero, si tenían suerte de que lo hubiera, o bien acurrucados el lado de la puerta de entrada de la casa, soportando las inclemencias del tiempo, sin que a nadie eso le importara.

El perro le siguió hasta su silla, sin duda esperando algo de comida.

Lo miró detenidamente, no sabría decir de qué raza era. No estaba demasiado sucio, por lo que supuso era recién abandonado. De pronto comprendió que a él, le sucedía casi lo mismo. Buscaba desesperadamente además de comida, un poco de atención, de afecto, cosa que parecía impensable en aquella mole de asfalto y coches que ensordecían al pasar rápidos por las calles. Eso era una gran ciudad. Coches y asfalto, semáforos y gente que circulaban como manadas, en cuanto cambiaba a verde la luz.

Y de repente pareció que se hizo la luz en su cerebro.

Volvería al lugar del que nunca tenía que haber salido. En cuanto hubiera comido su plato caliente del día, emprendería el retorno. Ciertamente con el rabo entre las patas, como aquel pobre perro, que en cuanto se levantó, no se le ocurrió nada mejor que seguirle.

Calculó el dinero que  le quedaba, pensando si tendría suficiente para pagar el viaje de retorno, y que le quedara algo para afrontar lo más necesario.

Al llegar a la estación lo hizo acompañado  del perro. Él ya lo había previsto, por lo que de su comida separó un poco de pan, con el que rebañó el plato. Se lo dio, y el can se arrimó a él, buscando con su cabeza una caricia. Llegó a la estación y preguntó el precio del billete, y le dijeron, que tenía que pagar un plus por el animal.

Miró el dinero que había separado y tenía en su mano, con pena se dio cuenta que no alcanzaba para pagar los dos billetes,  le faltaba algo para alcanzar el importe. Era muy poca cosa. Y en aquellos momentos no podía hurgar dentro de su ropa interior para buscar lo poco que le faltaba.

El hombre que estaba tras él, fue quien consciente más o menos de la situación. Le dio lo poco que necesitaba,  aduciendo que el tren estaba a punto de llegar, y no podía perder más tiempo.

Le dio las gracias. Sintió un alivio enorme al comprobar que aún quedaban personas buenas. Descubrirlo fue realmente fascinante. El mundo le pareció mucho mejor que antes.

Cuando se fue de su pequeño pueblo, iba solo con su maleta roja, ahora emprendía el camino de regreso,  con su maleta y un perro.

Se autosugestionó  que no volvía derrotado. Tampoco volvía rico, como había presumido tiempo atrás. Simplemente volvía a sus orígenes.

Continúa